Domingo por la Tarde . 30 de Octubre de 2016
Que cosa tan grande poder ser de verdad discípulo de Jesús... Pero decirlo no lo hace, cantarlo tampoco; es tomar la cruz cada día y seguirle, abrir el corazón para que sea Él, el que viva en nosotros.
El aroma de Cristo en el corazón, en la vida, en las actividades y comunicaciones.
La llama de Su Amor encendiendo nuestra mirada en cada cosa que hagamos, en cada situación en la que nos encontremos, en cada comunicación.
La ilusión (no la fantasía) y el gozo en cada momento, en cada servicio.
¿Es esa la fragancia que desprende nuestra presencia y servicio, por duro e inoportuno que éste se presente?
¿Es ese el perfume que impregna y desprende nuestro corazón, nuestra mirada, nuestra sonrisa en todas nuestras comunicaciones?
¿Hemos ido de verdad, del todo, sin dejar nada, a la Cruz?
¿Hemos puesto nuestra alma para caer en el suelo y morir a todo lo que hemos sido y podemos ser en este mundo?
¿Has calculado los gastos para poder ser discípulo de Jesús? ¿Lo has aborrecido todo? ¿a ti mismo?
¿O guardas algún deseo, molde o ideal propio, que te dé alguna medida, alguna razón, alguna base para estar solícito, fervoroso, resplandeciente en todas y cada una de tus comunicaciones?