Domingo por la Tarde . 03 de Julio de 2016
¡Oh, cuando nosotros, sí, nosotros vemos todas las cosas viniendo de Él!
Desde la velocidad y el equilibrio cósmico en el Universo, pasando por el movimiento de las naciones y la Historia de los hombres, hasta el mismo tono y talante de las palabras con las que alguien te está amando o hiriendo TODO ESTÁ VINIENDO DE ÉL PARA MÍ. Aun más, todo está conformando Su voluntad para mí, instante a instante, cada momento.
Cristo es mi Vida. Él me ha dado el tener parte con Él. Yo soy parte de Él, de Su cuerpo. Soy uno con Él.
El que se une al Señor, un espíritu es con Él (1ªCorintios 6.17).
Siempre que me veo visto por alguien, más consciente o inconscientemente, se produce una influencia, reacción o alteración en mi sentir y obrar.
Es el yo, el amor propio que se siente bajo observación, y se exacerba, esforzándose en dar la medida de su ideal y aparentar el perfil o identidad que desea que los demás vean en él, porque no está aprobado, ni puede estarlo.
Cuando mis ojos son abiertos, dejo por completo de verme visto yo en o por mí mismo, le veo sólo a Él y lo veo todo desde Él y con Él. Él es mi vida, Él es mi vivir; ya soy sólo, definitiva y eternamente, parte de Él, uno con Él. Estoy en Él. Soy libre de mí mismo. Sus intereses son los míos. Mi libertad es Él y estoy sólo en Él. Vivo, veo, entiendo, amo, palpito en Él y con Él. No estoy tratando de conseguir por mí mismo, recibir, retener en mí, apreciar, responder desde mí mismo a Su amor por mí. Él es Amor, y Su Amor es como Él, infinito, eterno e inmutable—Santo— y yo existo en Él; Él se ha derramado y se derrama en mí: existo en, y soy parte de la corriente viva de Su Amor.